Los profesores de la pobreza

Nueva Delhi es un colegio que queda en la localidad de San Cristóbal al sur oriente de la ciudad de Bogotá. Esta parte de la ciudad es una de las localidades en que se ha dividido la urbe, con una población aproximada de 450,000 habitantes; con la estratificación socio económica que se usa en Colombia, allí viven familias en los estratos 2 y 1 principalmente, en condiciones de pobreza generalizada y algunos en pobreza extrema.

Este colegio fue construido hace unas tres décadas durante una declarada emergencia de infraestructura educacional, y fue ensanchado en 1999 para aumentar su capacidad. En la época de la historia a la que me voy a referir, tenía dos jornadas, estrategia que típicamente fue usada para duplicar la infraestructura en desmedro de las necesidades de atención de los niños, que no solo se trata de suministrar conocimientos, sino, dentro de una visión integral, necesariamente se deben incluir la formación, la educación y la eliminación de riesgos a edad temprana.

Los niños que asisten a una sola jornada, la mañana o la tarde, están a la deriva medio día, porque su madre, y su padre -cuando aún vive en la familia-, deben trabajar todo el día, además de gastar entre 3 y 4 horas diarias para transportarse hacia y desde sus lugares de trabajo; es decir,  están por fuera de casa entre 12 y 13 horas, en las que sus hijos o van al colegio, o están solos y tienen acceso a la calle.

En Freakconomics, Levitt y Dubner hacen una evaluación muy importante de los factores por los cuales se echa a perder a un niño, y encuentran que la influencia de las amistades es de lejos el factor primordial. Los niños en las calles de una ciudad como Bogotá enfrentan toda clase de peligros como drogadicción, delincuencia temprana y abusos contra menores, y pueden ser presa fácil de bandas y organizaciones criminales, lo que no solamente los afecta como personas, y eventualmente los puede llevar a la muerte, sino que también acaba con la posibilidad que lleguen a ser agentes del desarrollo de una nación.

La jornada completa evita este riesgo, ocupando y cuidando a los niños mientras aprenden nuevos conocimientos, juegan y reciben educación y alimentos. Existe una fuerte tendencia a concluir que la educación se recibe en casa, mientras que los conocimientos se reciben en el colegio; pero sin dejar de lado el papel primordial de los padres, también hay que entender que los padres solo pueden brindar la educación que ellos mismos poseen y que generalmente debería mejorarse. Una posibilidad muy fuerte para lograrlo proviene de la educación que los hijos pudieran obtener en el colegio, que lograra influenciar positivamente a los padres en casa.

En el centro de toda esta enorme problemática y múltiples oportunidades, se encuentra su actor principal: el profesor.

En el colegio había una diferencia marcada entre el cuerpo de profesores y las directivas; ésta última enfocada a propiciar un mejor servicio para los niños, dentro de las muchas limitaciones de presupuesto y de medios para lograrlo, mientras que los primeros se resistían a todo aquello que los sacara de lo que siempre habían hecho. Los programas interesantes que enviaba la Secretaría de Educación de la ciudad, difícilmente recibían el apoyo de los profesores, a quienes las directivas, en términos prácticos, no podían ni ordenar ni menos exigir, ya que cualquier medida disciplinaria era imposible de imponer. Hay que entender que la condición sindical del profesorado no necesariamente logra mejores condiciones de vida para ellos ni menos persigue su mejor desempeño, absolutamente necesarios si se habla desde la óptica expuesta, sino que tiende a convertirse en refugio de mediocridad y dejadez. Es difícil ser un directivo con ganas de cambiar al mundo, bajo estas circunstancias.

En un recodo de esta situación estaba una trabajadora social, con la misión de hacer orientación escolar a los muchachos del último grado. Una mujer de excepción que quería soñar con los niños un mundo mejor por construir. Ella estaba contratada para la jornada de la tarde, pero asistía por las mañanas para poder motivar a las organizaciones sociales alrededor del colegio que pudieran colaborar con la mejor educación de los niños, con alcance a otros dos colegios de la zona.

Uno de los programas que quería impulsar era mostrarles a los niños el mundo universitario, que se veía muy lejos desde aquella localidad. Tan lejos, que muchos de los niños se sorprendían de ver los edificios del centro de su propia ciudad, cuando los miraban por primera vez a través de las ventanas del bus que algunas universidades accedieron prestar para llevarlos a conocer sus campus y sus programas. Eran experiencias memorables para todos ellos. Como un despertar al descubrir a través de una ventana mágica, que el mundo va millones de cuadras más allá que las pocas que separan su casa del colegio y que todos los días caminaban casi inconscientemente.

Los profesores eran renuentes no solo a hacer esfuerzos adicionales para implementar cualquier programa de mejora; también lo eran ante este tipo de actividades. En una reunión, de esas que se realizan para presentar programas y tratar de animar a los que debían ser los actores principales, se presentaron algunas discusiones. Sólo lograr que asistieran a las reuniones era de por sí muy difícil. Pero las discusiones lo eran aún más. En una de ellas, uno de los profesores criticó de manera fuerte y sentida la actividad de llevar a los muchachos de último grado a conocer las universidades y sus programas. Su argumento era simple, pero demoledor: ¿para qué crear expectativas inalcanzables a unos niños, cuyo único futuro posible consistía en ser mecánicos del barrio?

Tuve una reacción confusa cuando oí esta historia de la vida real, que imagino que cualquiera tendría desde un punto de vista similar. Era como una combinación de brutalidad y sabiduría en una misma frase, y no era fácil decir hacia qué lado inclinar la balanza. No se puede entender esto con una simple mirada desde la teoría del desarrollo, sin tamizar los pensamientos a través de la cruda realidad.

En cada proceso de desarrollo la educación ha jugado un papel antecedente clave. Se conoce esto muy bien desde que en los años setenta la educación fue antesala de los que posteriormente serían los NICs (Newly Industrialized Countries) en Asia meridional (Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwán). El desarrollo en los países trae consigo el aumento de la competitividad del país en el mundo y un mejoramiento general de las condiciones de vida de la población jalonada por la primera; y con ello, la reducción de la pobreza que en últimas es la esencia misma del éxito de la vida en colectividad. Todo país que quiera conseguir reducir la pobreza en forma sustentable, debe seguir la conexión de toda esta cadena de causas y consecuencias.

Es difícil ser visionario cuando se ha sufrido en la pobreza toda la vida, y cuando el único marco en el que se ha vivido con carencias de todo tipo, sin muchas oportunidades, o ninguna, frustración de vida y sin esperanza real de mejora. Aunque tarde, ya se ha dado en los últimos años un viraje de las políticas públicas hacia la priorización de la educación como jalonador del desarrollo. Pero debe entenderse que la inversión en infraestructura de educación es solo una parte del asunto, aunque las necesidades sean enormes no solo en aulas, sino también en facilidades culturales, tecnológicas y deportivas. El reto enorme consiste en sembrar la esperanza en los profesores, sin lo cual, el proceso de educación de los niños, con alcance a sus familias incluso, no llegará a lograr el objetivo superior perseguido. Este reto, que pasa necesariamente por el mejoramiento de sus condiciones de trabajo, va muchísimo más allá, hasta erradicar de sus almas la frustración y la desesperanza y lo que podría llamarse el gen del subdesarrollo. Se trata de ayudar a los profesores de la pobreza a llegar a ser los profesores del desarrollo. Y ellos se encargarán del resto. Ese sí es el reto superior.

 

Imagen tomada de: http://www.iednuevadelhi.com/actividades.html

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