Innovación: ¿la última de las modas administrativas?

Sugiero leer el artículo La última moda de Thierry Ways, publicado en El Heraldo la semana pasada (http://www.elheraldo.co/columnas-de-opinion/la-ultima-moda-167897), porque el cuestionamiento que hace sobre el fomento de la innovación, es interesante como controvertido, y tanto desde lo privado como de las políticas públicas. Ways cuestiona “…hasta qué punto el Estado deba invertir dinero público en apoyar esas aventuras…” y afirma que las inversiones en educación, salud, justicia y vías, deberían ser prioritarias, “…pues producen mayores rendimientos sociales y crean las bases para que los sectores académico y privado, que son a quienes les corresponde, puedan innovar de verdad”.

Primero una discusión sobre lo que el autor del artículo comentado llama la moda de turno. Sobre las modas administrativas, en el libro El mundo es nuestra meta, tuve la oportunidad de profundizar en su significado y pertinencia; la mayor conclusión es que ninguna es la solución de soluciones por sí misma, pero eso no implica que la moda no pueda ser una buena estrategia para alguna situación en particular. En realidad no deberían ser modas, solo estrategias para ser aplicadas dadas unas condiciones y situación de una empresa específica.

Con frecuencia, cuando se habla de innovación se refiere a diversificación del mismo producto, con variaciones por color, sabor, uso, segmento de clientes, etc. Esto define pobremente el alcance de la innovación. Cuando se habla de innovación de producto, se debería describir una secuencia de investigación, desarrollo e innovación. La investigación pura se refiere a la base científica que permite descubrimientos o invenciones, de los cuales ni si quiera se sabrá que llegarán a ser un producto algún día o no. Luego procede la etapa de desarrollo de alguna aplicación importante para los seres humanos, para la vida o para la tierra, basada en tal descubrimiento o invención. Y finalmente, traducir la aplicación en un producto, funcional, vendible, que compita, esa es la innovación. Es una secuencia compleja y sin plan cierto. Como se ve, es difícil que las dos primeras etapas puedan realizarse dentro de las empresas, salvo que la base científica sea estratégica y la empresa tenga los recursos para poder centrar su competitividad en la investigación y desarrollo. De resto, debe ser adelantada por la comunidad científica que incluye a las universidades. Entendiendo esto, resulta de entrada difícil pensar que un país pueda renunciar al desarrollo científico, acabando con la promoción a la comunidad que investiga y desarrolla nuevas tecnologías. Lo anterior no niega lo que el autor evidencia: una fuerte duda sobre la eficiencia del método actual.

Pero no solo la innovación es de producto. También se puede lograr para el proceso que hace el producto y para las máquinas y herramientas que se usan en el proceso que hace el producto. Y ahí las posibilidades son infinitas y están más cercanas a los mismos trabajadores en el proceso. Incluso la mejora continua, en cualquiera de sus metodologías existentes, y la reingeniería, están contenidas en estas clases de innovación. En la mayoría de casos están a la mano y generalmente requieren poca inversión. Con este pequeño recuento sobre su alcance real, se puede afirmar que es completamente inadecuado clasificar a la innovación como una moda, y mucho menos pasajera. Quien lo haga, simplemente tiene un error de concepto.

Segundo, hay que abordar la discusión sobre qué tan multiplicadora es la inversión en innovación. Es cierto por ejemplo, lo que Ways reclama en torno a recursos invaluables que se destinen a ciencia, tecnología e innovación que se pierdan en la corrupción de la politiquería. Y la respuesta siempre será la misma: la corrupción es el peor de nuestros males; es como un mal raíz y hay que hacer un frente común para erradicarla.

No es cierto, pero tampoco es totalmente refutable, que haciendo las inversiones necesarias en educación, salud, justicia y vías, aun tuvieran mayores rendimientos sociales y crearan las bases para los sectores académicos y privados, surgirá el capital intelectual en forma silvestre, a la velocidad que requerimos para no quedarnos más y más rezagados frente al mundo. Hay que recordar que la competitividad país se perderá pronto por estar basada en materias primas y productos muy primarios; es decir, que simplemente no habrá con qué competir. En una situación de no competitividad, el mundo vendrá y nos venderá de todo, hasta el café y las arepas, y los únicos colombianos capaces de generar empleo serán los del sector comercio; si esto llegara a suceder, estaríamos en una situación fallida, de retroceso y de inminente profundización de la pobreza.

Con un correcto modelo de interacción entre empresas, comunidad científica y Estado, en torno a la innovación, esta inversión sí contendría el gen del desarrollo. Pero el estilo, por llamarlo de alguna manera, de las universidades pareciera ser contrario a este modelo de desarrollo: no es difícil notar indescifrables celos con la información y la enorme dificultad que tienen para compartir el conocimiento; los profesores investigadores privilegian la investigación per se, y no priorizan la que sirve realmente, sino las que les dé mejores calificaciones según la escala con la que son medidos. Podría afirmarse que el mundo real no es el lugar común para los profesores investigadores donde deberían aportar sus mejores esfuerzos para innovar algo, que sirva, que pueda ser aprovechable por una empresa para generar negocios y desarrollo. Este es el error a corregir. Suponiendo que ya se tuviera el modelo correcto de interacción, la inversión en innovación tendría resultados más fáciles de medir y de controlar, para que no hayan aventuras con el dinero público. Aunque no se debe perder de vista que la innovación por definición es aventurarse a traspasar o crear nuevas fronteras. De lo que se trata es que no sean aventuras sin sentido.

La inversión del Estado para impulsar la innovación, debe tener un buen grado de certeza en que esa innovación patrocinada se convierta en mayor competitividad para empresas, de tal forma que esas empresas puedan defenderse en sus mercados y abrir nuevas oportunidades en todo el mundo, aumentando las posibilidades de generar empleo y bienestar para los nacionales. Un modelo de interacción empresas, comunidad científica y Estado, que tenga claro el objetivo de aumentar la competitividad de las empresas que participan, y que eleve el nivel del conocimiento del país, ayudará sin duda a lograr y cuidar la eficiencia de la inversión de los dineros públicos en innovación, demostrando que sí es prioritaria.

Imagen tomada de:http://sofiinthecity.blogspot.com/2010/12/la-rioja-apuesta-por-la-innovacion.html

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