Viraje al colectivismo

Fuimos obligados a adoptar prácticas del colectivismo en estos días, sin mediar ninguna discusión ideológica porque la lógica superó con creces a las corrientes de pensamiento político, ahora tan exacerbadas y polarizadas. Poco a poco estamos entendiendo en el mundo entero y a todos los niveles de las sociedades que esta pandemia es un evento abrumador que, al menos mientras esté presente, lo cambia todo.

Muchas reflexiones, como es natural, unas optimistas y otras pesimistas, sobre el cambio que ya sucedió dicen unos, o que va a suceder, dicen otros, y muchos problemas emergiendo y nublando el horizonte. Las crisis generadas por un desastre como una pandemia generalizada traen consigo amenazas conexas[1] y en este caso, la crisis económica sobreviniente ofrece ser de tales proporciones, que los economistas del mundo[2] la consideran incluso de mayor impacto que la misma pandemia, que podría genera una crisis social adicionalmente.

La pesada realidad ha mostrado que la búsqueda del equilibrio entre contener la pandemia y el deterioro de la economía no depende de una discusión ideológica polarizada como a la que invitaron en forma temprana los presidentes de derecha extrema al dejar ver su menor aprecio por la vida de sus conciudadanos en favor a la economía. Ya se ha dicho también que los efectos sobre la economía podrían competir en muertos con la pandemia y por lo tanto las decisiones de los gobiernos son dificilísimas[3]. Mientras no haya vacuna, el objetivo de los gobiernos es encontrar la forma de minimizar el tiempo para transitar la pandemia minimizando simultáneamente el número de muertos. Los gobiernos con buenos recursos pueden extender sus ayudas a la población y a las empresas y aminorar la severidad de la aplicación del proceso de optimización implícito[4], mientras que los de pocos recursos, lo enfrentarán con mayores restricciones y no podrán tener los mejores resultados, a la mayoría de su gente la golpeará la crisis, y como es normal, las clases más pobres la pasarán muy mal; habrá también unos poquísimos que sean capaces de volver la crisis una oportunidad, legal e ilegalmente.

Por supuesto, en cada país la situación es diferente por las condiciones particulares en salud, cultura, economía, científicas, de producción y logísticas. Para traer un ejemplo importante, la capacidad de orientar las actividades de la población por parte de los gobiernos en los países asiáticos, a la cual se le atribuye parte de su éxito relativo hasta ahora,  y que algunos autores la describen como de mayor gobernabilidad real frente a occidente,  basados en una cultura que confía más en su Estado, que permite que se maneje mucha información personal para el beneficio general, y el sentido de colectividad más avanzado que les permite ser disciplinados y solidarios[5].

Las condiciones generales de los países latinoamericanos son peores, como se conoce ampliamente. El margen fiscal en la mayoría no es una fortaleza, algunos incluso con fuentes de crédito internacionales agotadas[6] que avizoran que la maniobra de los Gobiernos serán limitadas y por ende, podrían incluso enfrentar problemas de estallido social en torno al hambre que emergerá en segmentos importantes de la población que dependen de ingresos diarios sin ninguna estabilidad, y apenas días después, tendrán también que enfrentar que empresas pequeñas y medianas empiecen a quebrase por la falta de la actividad acostumbrada y agotamiento de sus exiguas cajas, dejando a la deriva a muchos asalariados, atizando la embestida social desestabilizante. No se debe olvidar que, aunque la pandemia tiende a borrar todo, en los últimos años la gente en varios países ha manifestado un creciente descontento frente a su desesperanza estructural, que los políticos han tratado de convertir en más polarización para lograr sus objetivos electorales, y una crisis social asi podría ser un detonante especialmente explosivo porque mucha más gente tendería a creer que no tiene nada que perder, ya que enfrenta un problema de vida o muerte. Pareciera que los Gobiernos lo han entendido, y que tienen que buscar todos los recursos posibles, de todas las fuentes existentes, y ayudar a que la gente sobreviva, aunque los modelos económicos muestren que sería mejor dejar pasar la pandemia muy rápidamente. El poder económico también lo entiende y emerge creciente la filantropía cuyo rédito, se sabe a priori, será mantener el statu quo que necesita, además, claro, de descuentos en impuestos.

No menos importante, es que en estos países tenemos grandes debilidades relativas a la cultura reinante. Esa cultura de egoísmo que ha sido reforzado por el principal legado del capitalismo neoliberal, la corrupción cada día más avanzada y el cortoplacismo, también partes del mismo legado y que se traducen en una bajísima inteligencia colectiva[7] al combinarse con la carencia de un sistema de justicia mínimamente confiable y la falta de cobertura de la educación de calidad para toda la población[8].

Entre las sociedades del mundo no se encuentra ninguna totalmente basada en el individualismo. Del colectivismo llevado a la exacerbación como en la extinta URSS, o quizás en la China maoísta, aun puede haber casos como Corea del Norte. Otra cosa es el colectivismo japonés, país completamente capitalista. El colectivismo corresponde a la estrategia de supervivencia de la manada, y quizás por ello, está presente en todas las sociedades que conocemos. Hasta en los países más capitalistas neoliberales como USA, tienen grandes bienes comunes que les permiten obtener resultados positivos importantísimos como colectividad, como el sistema de justicia, el de defensa, la infraestructura, y el más importante, la democracia misma, sin desconocer que distan mucho de ser lo suficientemente deseables. Pero incluso, en la mitad de todo lo anterior, está el individualismo como regla de la colectividad, para dar rienda suelta a la iniciativa, el emprendimiento y la competencia entre las personas, para que sean motor del desarrollo de nuevas cosas en todos los campos. Entre esos resultados positivos están el buen nivel de vida alcanzado, la mejor expectativa de vida y las oportunidades para la gente. No se puede entonces aceptar un debate maniqueísta sobre individualismo y colectivismo, salvo conceptual y filosófico y  resulta de valor nulo cualquier intento de contaminación con el debate ideológico entre capitalismo y comunismo[9].

En los países latinoamericanos sí es escaso; los resultados lastimosos en el bienestar de su gente, emanados de su precaria inteligencia colectiva, asi lo demuestran. Como la estrategia para hacerle frente a la pandemia es eminentemente colectivista, y todas las personas dependen de cada una de los demás que son miembros de la misma colectividad para salir con éxito, las falencias se han notado fácilmente, en una sociedad en la que nadie parece entender la interdependencia. De estas falencias, las más contundentes provienen de la precaria educación, al desdén frente al conocimiento científico, a la capacidad limitada del Estado atrapada por el sistema económico, y la ausencia de ética.

La educación, deficitaria en cobertura y de regular calidad, carece de educación para la vida en colectividad, lo cual es esencial, no solo para salir de la pandemia, sino en tiempos normales para lograr una existencia positiva en sociedad y contribuir a que esa sociedad sea próspera, y es incluso más importante que aprender ciencias exactas[10]. Competencias básicas como civismo, solidaridad, disciplina, compasión, respeto, no son parte del comportamiento cotidiano que se observa en las personas, sino por el contrario, su forma de actuar corresponde a una enseñanza que está basada en la competencia recalcitrante entre los individuos, enraizando al individualismo como principio básico. Tampoco la educación incluye el pensamiento crítico; es muy lamentable observar cómo la gente no es capaz de discernir entre información importante y la que no lo es, o peor, desechar información vital validándose en sus creencias o en sus pasiones, incluso en sus costumbres, sin poder reconocer un evento tan significativo y actuando en contra de su propia seguridad. Es estratégico que la gente actúe como una colectividad al llamado del gobernante ante una situación de desastre como la pandemia, con disciplina, sin mayor esfuerzo, y no con la desobediencia observada que revelan esta enorme incapacidad como sociedad. Y este es quizás el peor mal de las sociedades actuales, porque las personas son presas fáciles de los polarizadores politiqueros que los atrapan con sus mentiras y sus tendenciosas exageraciones.

La salud es un bien público que no se debe reducir a unos negocios de privados porque el mercado no soluciona los problemas estratégicos de un país cuando emerge una pandemia. La capacidad instalada necesaria mínima para atender eventos similares debe obedecer a un proceso cuidadoso de planeación y de implementación del Estado; de ninguna manera los privados por sí solos atenderían a este objetivo, porque su objetivo no es la preparación de la respuesta de todo un sistema ante eventos extraños, sino todo lo contrario, cómo atender fragmentariamente la mayor participación de la demanda posible con la menor oferta posible, que en la práctica someten al sistema a déficits permanentes de atención de mínima calidad a la población. No se puede dejar en manos de privados el sistema, sin obligar al lado público a ejercer una fuerte regulación, que incluye esa planeación, y un pesado sistema paralelo de control de la calidad de la prestación del servicio de los privados. Los hechos demuestran que nada de esto sucede debidamente. Lo anterior incluye las industrias en la cadena de suministro de la salud, como producción local de medicamentos y de insumos y consumibles; esta pandemia ha demostrado que elementos tan singulares como mascarillas y guantes pueden volverse críticos y no conseguirse; por lo tanto, su producción no puede estar basada en el extranjero, y menos en un solo país, porque la debilidad es evidente en estos tiempos de problemas globales.

El conocimiento científico también se debería entender como un bien público, de carácter estratégico para un país ante eventos de esta magnitud, y tampoco lo puede solucionar el mercado por sus objetivos cortoplacistas y de competencia. Asi un país no aspire a ser líder mundial en algún tema, como mínimo tiene que estar comprendiendo la ciencia que va desarrollando el mundo en todos los campos, para que en casos de extrema necesidad de conocimiento no dependa de la caridad científica del mundo. Para lograrlo hay que ubicar el conocimiento científico entre las prioridades para que en efecto los presupuestos y los mecanismos de fomento al sistema de investigación y ciencia le permitan florecer, lo cual solo pude hacer el Estado, y más en países en desarrollo basados en exportación de materias primas sin o con poca transformación, donde los privados no tienen incentivos prácticos para hacerlo.

Pero el Estado mismo, que debería ser el bien común mayor, cuenta con menos herramientas de manejo de crisis entre más haya seguido el país las prácticas neoliberales como desregulación máxima de los mercados y enorme influencia (incluso determinación) del poder económico sobre el poder político, porque terminará dependiendo de las benevolencia y caridad de los empresarios dueños y determinantes de la capacidad productiva, que además emplea a una parte de la población y le proporciona soluciones y comodidades a otra gran parte. Hay que ser prácticos y recordar que la economía basada en que la autorregulación de los mercados libres genera grandes beneficios es solo una teoría que se sabe que no es real[11], y que la excesiva desregulación irremediablemente lleva al abuso de algunos de los participantes (concentración, posición dominante, especulación, cabildeo, cartelización) y que sus incentivos seguirán vigentes, e incluso acechantes, durante la crisis. Manejando la pandemia un Gobierno debería tener más herramientas de maniobra que le dieran la mayor gobernabilidad, incluyendo la supresión temporal de algunos derechos como, por ejemplo, la generación de utilidades durante la crisis generalizada, que se tornan en una inmoralidad para una situación de sufrimiento para la mayoría de los miembros de la colectividad; ni hablar de la especulación, o de la corrupción con los dineros para ayudas, que merecen que las penas normales se aumenten a máxima severidad a quienes comentan este delito. Pero también la necesidad de tener más y mejor información de los ciudadanos, que hasta el momento ha mostrado un fracaso estructural, con enormes debilidades; enfrenta el reto grande de hacer transparente su manejo frente a las enormes amenazas de manipulación y fraude para fines electorales o de robo de recursos al Estado. Incluso, la posibilidad de determinar qué produce quién[12], haciendo una planificación que optimice la oferta con base en la demanda de alimentos y elementos de salud que requiera la población para pasar la crisis con el mínimo de muertes y el mínimo costo agregado para la sociedad. Pero los Gobiernos pueden ser temerosos por las probables enormes consecuencias legales post crisis de sus acciones, aun con la crisis declarada legalmente, y que no son para menos cuando las legiones de abogados hiper especializados en doblegar al Estado pululan, y seguramente terminan soslayando los objetivos del bien común previendo que se perderán los procesos en su contra, y generar enormes cargas injustas, emanadas de la bajísima compasión de quienes las ordenan y ejecutan. El imaginario del individualismo puede llevar a pensar que el Estado no es de nadie, y por lo tanto hay que aprovecharlo para beneficio individual, lo cual, sumado a la ética precaria reinante tiene como resultado la podredumbre que ya conocemos. Es necesario, dotar al marco legal con fuertes herramientas para invocar la colaboración y solidaridad empresarial durante crisis asi, y que el ejecutivo pueda determinar las políticas requeridas sin tantas restricciones simultáneas, de tal forma que logre que la crisis impacte menormente a todos los conciudadanos. Si el Estado no cumple con su papel de árbitro de lo justo, entonces no es un Estado que sirva bien a todos sus habitantes y no es un bien común, y todo está equivocado en esa sociedad. Ese probablemente es el caso.

Todo lo anterior apunta a la ética. Esa ética que no se tiene. La humanidad sufre de una crisis de ética crónica y creciente. No se trata solo de la falta de compasión y empatía, sino de su manifestación más burda como es la corrupción. Hasta el mismo capitalismo neoliberal, si no viniera acompañado con corrupción, no estaríamos ante la escalada de críticas que hoy lo tildan de ser el culpable de los males actuales: si el poder económico no determinara al poder político, y a través de éste al poder militar, sino, como debería ser, el poder político, independiente, gestor y guardián de bienes públicos supremos como la democracia y el Estado, regulara al poder económico, el mundo tendría resultados muy diferentes, porque preservando la libertad de acción y sentido de competencia naturales al ser humano, estarían acotados dentro de la inteligencia colectiva, sin menoscabo al premio del esfuerzo individual y del incentivo a la inventiva y al beneficio individual resultante consultando el bien colectivo; y sobre todo porque no haría que los poderosos fueran más y más, e interminablemente más poderosos, además que no existirían los incentivos que han convertido la competencia en egoísmo, y éste en codicia, y ésta en avaricia, que explican la absurda inequidad reinante. Es previsible que se le hubiera dado el valor que le corresponde a la vida, y a través de este simple concepto, hubiéramos protegido a la tierra, consideraríamos inmoral la inequidad y el bienestar nulo de la tercera parte de la población global, y tendríamos un mundo completamente mejor. Muy simple para parecer real, pero abrumadoramente cierto.

Muchos pensamientos emanados del fragor de la pandemia giran alrededor de que éste evento tan significativo va a generar un cambio contundente en la humanidad; algunos al extremo incluyen hasta la caída del capitalismo. No podría ser así por los mismos problemas de educación y ética anotados anteriormente, de los que se deriva la volatilidad de los pensamientos de los humanos contemporáneos. Lo que probablemente sí nos dejará de legado es un cambio en el rumbo que llevábamos en los últimos años hacia el individualismo exacerbado en el sistema social y económico, con un viraje al colectivismo, que perdure y se refleje en el marco ético necesario para que sirva de soporte para los cambios requeridos en el capitalismo hacia la sostenibilidad, y para que su objetivo de crecimiento ceda su primacía al del bienestar de todos los seres humanos. Nada de esto sucederá si no se vence a la corrupción, y por eso la génesis del cambio tiene que originarse en la ética.

 

Notas

[1] Artículo de Gustavo Wilches (Gustavo Wilches, 2020)

[2] Artículo de varios periodistas del NY Times (Peter S. Goodman, 2020) y noticias de depresión por doquier (Jesus Servulo Gonzalez, 2020)

[3] Presentation de Ricardo Haussman (Haussman, 2020)

[4] Entrevista a Richard Baldwin (Ceciclia Barria, 2020)

[5] Opiniones de Byung-Chul Han, filósofo surcoreano desde Alemania (Han, 2020)

[6] Ricardo Haussman en entrevista del El Pais (Ana Pais, 2020)

[7] Sobre la Estupidez Colectiva que explica magníficamente el concepto (Innerarity, 2019)

[8] Llama la atención la incongruencia entre lo que se encuentra la literatura científica (Hofstede citado en (Chamorro, 2016)) y también de opinión (Azel, 2016), describiendo que los países de Latinoamérica son de corte colectivista, mientras que en la calle lo que se observa por doquier, es un individualismo muy avanzado; algunos estudios oficiales incluso, lo han reportado asi (Ministerio de Salud y Proteccion social, 2015). Tal vez ya no son válidas las conclusiones de los estudios, o que la raíz católica basada en el cristianismo, no fue, y menos ahora, una gran influencia en este sentido, o tal vez hay sesgos ideológicos en algunos autores porque el colectivismo se asocia con comunismo y, en fin, de todo se puede encontrar como explicación a esta sinrazón.

[9] Debate que ya ni debería existir desde que el comunismo feneció con la caída del muro de Berlín en 1989, pero que los más conservadores radicales de derecha necesitan artificialmente vivo para tener argumentos de polarización y ganar elecciones.

[10] Presentación de Boris Cyrulnik sobre Resiliencia, (Cyrulnik, 2018)

[11] Sobre Joseph Stiglitz (La República Redaccion, 2020)

[12] Hay países que han anunciado incluso toma de control de todo un sistema como Irlanda con el sistema de salud (Pagina 12, 2020)

 

Bibliografía

Ana Pais. (06 de 04 de 2020). Coronavirus | «Conseguir dinero toma tiempo y esfuerzo, así que centremos la discusión del manejo de esta crisis donde está el dinero: el FMI». Obtenido de BBC News Mundo, entrevista Ricardo Haussman: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-52143880

Azel, J. (28 de 12 de 2016). El colectivismo parece democrático hasta que se aplica. Obtenido de Panam Post: https://es.panampost.com/jose-azel/2016/12/28/colectivismo-parece-democratico/

Ceciclia Barria. (07 de 04 de 2020). Coronavirus | Qué es la «doble curva» y por qué es un «falso dilema» elegir entre salvar vidas o salvar la economía. Obtenido de BBC News Mundo, entrevista a Richard Baldwin: https://www.bbc.com/mundo/noticias-52158532

Chamorro, E. T. (2016). Las dimensiones culturales de Geert Hofstede y la intención emprendedora en estudiantes universitarios del departamento del Quindío. Barranquilla: Universidad del Norte.

Cyrulnik, B. (10 de 12 de 2018). Resiliencia, Boris Cyrulnik. Obtenido de BBVA, aprendamos juntos: https://www.youtube.com/watch?v=_IugzPwpsyY&fbclid=IwAR2SkaV-F4Kc7ISOSDlMpfb6r3-7iiDlt9sN-Imkq9oeHRHEULSht8VN–k

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Haussman, R. (2020). The Macro-Economics Implications or COVID-19 in developing contries. Boston: Harvard Kennedy School.

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Foto: Roma, vacía por la pandemia del coronavirus (Foto: Carlos Brigo/amb) en el sitio de infobae

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