Todo mal

Crónica sobre la experiencia de un viaje en una ruta cualquiera del SITP (Sistema Integrado de Transporte de Bogotá) donde todos los elementos que fueron inicialmente diseñados hace una década, funcionaron mal, confirmando la pésima situación del sistema y su degradación. No se puede sino sentirse indignado con las administraciones de la ciudad de aquí hacia atrás, alcaldes y funcionarios, que son los responsables directos de estos pésimos resultados, y clamar porque se resuelva rápidamente para no seguir afectando a los ciudadanos y desangrando a la ciudad, simultáneamente.

Caminé apresurado al ver de lejos, dos cuadras arriba por la calle 94, tres busetas azules en el paradero terminal de la ruta 283 que se encuentra en la misma calle a la altura de la carrera 11A. Antes de salir de la casa había entrado a la aplicación de Transmilenio para consultar cuál sería la mejor manera de llegar a mi destino, en la calle 106 con la avenida Suba, no sin pasar algunas dificultades para entender sus respuestas, porque no pude saber dónde me debía bajar. Pero, bueno, al menos ya sabía mi mejor opción.

Saludé a dos conductores al llegar al paradero, que reconocí por sus chaquetas grises con logos del sistema, y quienes estaban tomando tinto y comiendo algo en un puestico de ventas callejeras que siempre se encuentra allí, y les pregunté qué cada cuánto pasaban los buses de esa ruta. Uno de ellos me dijo secamente que en 21 minutos salía el próximo. Pregunté adicionalmente, que al pasar la avenida Suba, bajando por la calle 100 (por allí es el recorrido de la ruta), a qué distancia quedaría el siguiente paradero; la señora de los tintos me hizo algunas recomendaciones amablemente ante el desinterés de los dos conductores que para ese momento habían entrado en mutismo conmigo.

Mientras pasaban los 35 minutos que finalmente esperé en el paradero, bonito como mobiliario urbano, y bañado por fortuna por un rayo de sol mañanero, veía con molestia cómo los tres buses emanaban gases de sus motores encendidos. No entenderé nunca porqué esta manía de los conductores de buses y camiones diésel; no solo revela su falta de entrenamiento como operadores de sus máquinas sino su desdeño por el ahorro de recursos y su total falta de importancia por el medio ambiente. Comparaba inevitablemente con las campañas técnicas que hacíamos a los conductores de tractomulas para que apagaran el vehículo a los pocos minutos de parar, para no dañar el turbo-compresor y ahorrar combustible y máquina, en mis épocas de gerente de dos grandes empresas de transporte de carga por carretera.

De pronto, de la carrera 11A salió el tercer conductor, que saludó atentamente a sus colegas e intercambiaron frases mientras alguno de ellos fumaba recostado sobre un poste que remataba el paso peatonal que allí reemplaza esa carrera. El tercer conductor era quien haría el siguiente viaje. Sin prisa, subió a uno de los buses parqueados sobre la calle 94, ya que la bahía que se encuentra a esa altura es el parqueadero permanente de los taxis blancos del hotel Holliday Inn que está a pocos pasos, como si esa infraestructura urbana fuera exclusiva para ellos, para beneficio de unos poquísimos ciudadanos. En cambio, la calle 94 se ve taponada por los buses, dejando un escaso carril para que pasen las avalanchas de carros cada vez que cambia el semáforo de la 11.

El conductor arrancó su bus que se encontraba a unos treinta metros arriba por la calle de últimas en la improvisada fila en que se encontraban los tres, y lo estacionó unos metros adelante del paradero, como sí éste no fuera el sitio adecuado para parar a recoger pasajeros, sino más adelante sin una aparente razón. Cuando subí, cerró la puerta y arrancó “como alma que lleva el diablo”, expresión que no rondaba mi cabeza casi desde niño; se usaba para alguien se iba en forma desbocada y con demasiada prisa. Pasada la primera cuadra aún no podía validar y por supuesto el trinquete no me dejaba pasar. Salía un error que no entendía acompañado de un aviso que decía “Patio Suma”. El conductor me dijo que esperara un momento, lo cual hice parado en la subida de la escalera dando tumbos entre la puerta y el trinquete debido al movimiento rápido y algo errático. Al ver que esto se prolongaba, el conductor hizo alguna cosa en su pantalla de control y me dijo, en medio de su apresurado manejo “siga, siga”, instrucción que no obedecí porque no había validado. Volvió a decirme que podía seguir sin validar y a pesar de mi incredulidad, efectivamente pasé a través del trinquete sin problema alguno, sin pagar.

Como era el único pasajero, podía hablar con él con relativa facilidad y no pude evitar preguntarle si lo que estaba pasando era normal. Me dijo que sí, que a veces. Aproveché para preguntarle en qué tipo de paraderos paraba su ruta, si en todos los marcados con A (el paradero terminal es A). Los paraderos tienen una denominación que seguramente corresponde a tres dígitos de identificación interna para Transmilenio, una letra A, B o C, que significa que en una misma cuadra puede haber los tres simultáneamente, y dos números finales que aún no sé. Para quienes manejan el sistema es necesario tener una identificación para sus fines de planeación y control, pero no tiene ningún sentido cuando el “display” que anuncia las dos próximas paradas muestra un código así, porque sencillamente no dice nada para quien está despistado dentro del bus. De paso, este bus sí tenía el aparato, pero apagado. La respuesta a mi pregunta de en qué tipo de paraderos paraba esta ruta, que me dio el conductor me pareció un gran resumen gerencial de la situación: “eso yo le paro al que me saque la mano sin importar la letra del paradero… toca así para servirle a la gente…”. O sea, me asombraba en silencio, el diseño, el control, el enorme esfuerzo de una ciudad para tener un transporte decente y organizado, quedaba reducido a los criterios, buenos o malos, de cada conductor.

Al llegar al segundo paradero, sobre la carrera 15 pasada la calle 95, tuvo que frenar apresuradamente por la velocidad alcanzada durante la cuadra anterior, de la 94 a la 95, sin razón alguna y obligando a que la frenada se sintiera con mucha fuerza. Eso se repitió en todas sus paradas, así como la utilización del motor a las mayores revoluciones posibles permanentemente, metiendo los cambios como con odio con la caja de cambios del bus lo que producía estremecimientos con cada cambio; pero el uso del carril más izquierdo posible para pasarse a la fuerza hasta el carril más derecho súbitamente, sin importar mucho los vehículos pequeños, cerrándolos frecuentemente, o disputando con otros buses, fue lo que me recordó más al viejo servicio que teníamos. Esta antítesis de una buena conducción me hizo recordar aquellas discusiones de detalle para ver cómo las buenas experiencias logradas con los conductores en las troncales, hacia 2007, época aún del “orgullo capital”, se trasladarían a los conductores del SITP, cuando yo pertenecía al grupo inicial de diseño del sistema.

Cuando subieron algunos pasajeros, se encontraron con el problema de validación. El conductor advirtió que estaba gratis el servicio, que siguieran rápido para poder acelerar, porque, de hecho, como conmigo, el arranque forzado sucedía de inmediato después de cerrar la puerta, sin importar la validación, con mucho afán. Pero esta vez no sirvió su intervención en el dispositivo de control del conductor, por lo que tuvo que “ordenar” a los pasajeros que se saltaran el trinquete como pudieran. Y así lo hicieron todos los pasajeros de ahí en adelante.

Después de un vertiginoso paso de la glorieta que se encuentra abajo del puente de la calle 100, accedimos a esta vía con mucha velocidad, pero fiel a su consigna de parar a cualquiera, en cualquier paradero, pero sin aminorar la velocidad, las desaceleraciones eran también vertiginosas. Finalmente me bajé a una cuadra de la avenida Suba, porque tuve la sensación que, si había parado en el paradero tipo C, de pronto ya no pararía en el A, que me quedaba más cerca al cruce de avenida. Pero también paró más adelante en el A.

Me bajé consternado. Todo había salido mal con ese viaje. La selección, educación y entrenamiento de los conductores, la programación, el control y la verificación de los movimientos de los buses en las vías, el uso adecuado de los buses, de los carriles, de la velocidad, del consumo de combustible, de frenos, de todo. Un verdadero desastre frente al diseño que tanto discutíamos y diseñábamos al detalle para que fuera la extensión del Transmilenio de aquella época en que funcionaba muy bien. Solo para dar una idea, desde los paraderos que debían tener al menos el horario preciso de pasada de los buses, para que los usuarios pudieran programarse, hasta el centro de control de cada operador que estuviera controlando exhaustivamente cada movimiento, la frecuencia, y la velocidad, y pasando por la elegancia de unos conductores que manejaran como verdaderos ciudadanos, dando ejemplo de cómo, erradicada la guerra del centavo, se podía viajar por la ciudad en forma segura, ágil pero respetuosa en todo sentido.

¿Qué más se puede decir? Si a eso le sumamos que es frecuente ver dos, o incluso tres buses de la misma ruta, pegados, vacíos, en una hora-valle, donde se suponía que para no agregar congestión a la ciudad los buses se programarían en una frecuencia máxima según el nivel de servicio (algo parecido a media hora), o pasándose los semáforos en rojo, o tomando el carril más derecho para hacer un  giro a la izquierda, o la situación lamentable de los servicios de Transmilenio en las troncales en horas-pico donde la demanda superó la oferta hace años y por supuesto los niveles de servicio se redujeron en forma perversa, el mal estado de algunas vías que afectan la velocidad y a los mismos buses, los asfixiantes vendedores de todo, abundando la venta de desgracias personales, los permanentes reclamos por las bandas de ladrones muy especializados, los abusadores, los colados en forma cada vez más descarada, los buses que no se repusieron desde hace al menos 5 años y los operadores concesionarios que seguro abandonaron el mantenimiento ante la inminente licitación de reemplazo, las estaciones desvencijadas, con puertas amarradas con zunchos para que no se caigan, y casi siempre abiertas porque ya no sirven, y cuando sirven la gente ya no las respeta, la pérdida de gobernabilidad de la entidad ante una generalizada crisis de las empresas del sistema y los muchos litigios en torno a esto, no dejan duda de la conclusión de que la ciudad fracasó en su transporte masivo, y que su recuperación va a ser muy dura.

No se puede sino sentirse indignado con las administraciones de la ciudad de aquí hacia atrás, alcaldes y funcionarios de Transmilenio, de la Secretaría de Movilidad y del Instituto de Desarrollo Urbano. Los resultados los señalan como incompetentes. Me recuerda una frase reciente, en estas épocas en que la corrupción nos tiene agobiados: “el primer acto de corrupción que un funcionario público comete es aceptar un cargo para el cual no tiene las competencias necesarias”[1] y ¿qué decir de quien lo nombra?

El daño que le han hecho los alcaldes que le siguieron a Peñalosa al no haber desarrollado el sistema de transporte, es demasiado grave, en especial en la administración Petro en la cual se abandonó a su suerte Transmilenio, se politizó y se terminó por desvanecer completamente cualquier motivo de orgullo. Tampoco se puede decir que en los dos años del nuevo gobierno de Peñalosa haya mostrado sus ases como supuesto experto en tema, y más bien ha dejado también al SITP a su suerte, y en Transmilenio no ha habido mejora, como si no hubiera una emergencia, como si pudiéramos darnos el lujo de mejorar despacio, sin afán. Ojalá me equivoque, pero cualquier día, el transporte en la ciudad dará una nada grata sorpresa, con inimaginables consecuencias funestas.

Nada de lo anterior tiene que ver con el Metro, si hace lo mismo que los buses o no, ni si es subterráneo o elevado. El sistema de buses, troncales, complementarios, zonales y especiales son parte de un sistema integrado que incluye líneas de Metro, Cables y todos los transportes posibles, que no solo solucione la movilidad de la mayoría de los habitantes, sino de la mejor forma y al menor costo. Es un asunto de gran complejidad, y como tal, no tiene soluciones simples, ni únicas, ni menos simplistas. Las soluciones solo pueden ser integrales, complejas, con enorme esfuerzo, pero sobre todo con planeamiento de largo plazo y coherencia en su ejecución. Mientras temas de tanta envergadura puedan, en la práctica, ser cambiadas estructuralmente por los alcaldes de turno, la ciudad seguirá a “tontas y a mochas” profundizando sus desastres, entre ellos, el de movilidad.

 

Fotografía: Paradero 286A00 terminal de la ruta SITP 283 (Calle 94, Carrera 11A, Bogotá).

[1] Anónimo. Encontrada en un texto de Francisco Jaime Navarro, presidente de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de República Mexicana y en muchos escritos más, a los cuales se puede acceder citando la frase misma en el buscador de internet.

 

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