¿Es la corrupción la causa raíz de todos nuestros males?

Al leer el interesante artículo de la revista Semana titulado «Qué hace que la corrupción en Venezuela sea única», (http://bit.ly/19mxECe) basado la fuente de BBC Mundo, es imposible quedarse sin reflexionar en los mismos términos sobre la corrupción para Colombia, ya que es prioritario para todos los temas económicos y políticos de nuestra sociedad y sus posibilidades de prosperidad.

Aunque se conoce bien que la corrupción es un problema global, hay mayores impactos en unos países que en otros. En los informes de Transparencia Internacional, coincide la condición de país subdesarrollado y pobre con una mala percepción sobre la corrupción existente, y aunque en los desarrollados haya, la percepción es mucho menor. Seguramente esto tiene que ver con el grado de maduración de la sociedad que se refleja en sus instituciones públicas y privadas, y las prácticas usadas.

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 Pareciera que se aceptara la corrupción como parte de la vida cotidiana. Esto es de lo más grave para una colectividad porque hay que comprender que la corrupción afecta negativamente sus posibilidades de mejoramiento potencial, y por el contrario hace que se retrase la solución a los problemas fundamentales de pobreza y atención de requerimientos básicos como alimentación, salud, vivienda y educación. Tampoco los más pudientes pueden desplegar su potencial y se atrasa su crecimiento.

 La comprensión necesaria sobre su gravedad gira en torno al hecho que entre más corruptas las prácticas en una sociedad menor posibilidad de que la mayoría de la población tenga condiciones de prosperidad, porque la corrupción privilegia a unos pocos sobre la mayoría. Cuando los intereses particulares pasan en forma ilícita por encima de los intereses de la mayoría, hay corrupción; cuando es generalizada y campeante, una extendida, pero mínima parte de la población, los corruptos, se enriquece desproporcionalmente a punta de desmejorar directa o indirectamente las condiciones de vida de la gran mayoría. Además de ilegal e injusto, hay que entender que cualquier acto de corrupción de cualquier persona en nuestra colectividad, nos afecta de manera particular, en forma directa o indirecta. En lo público es más fácil establecer esta relación de afectación, porque los recursos son colectivos; en lo privado, exige una maduración del concepto porque aunque las empresas pertenezcan a personas determinadas, los empleos y el bienestar que se articulan a través de ellas, impactan positivamente a muchas personas; si la corrupción desmejora la empresa, como obviamente lo hace, habrá una mayor posibilidad de que se desmejoraran también los empleos y las condiciones para todos los que dependen de esa empresa.

Pero también tiene implicación directa sobre la competitividad de los nacionales frente al mercado abierto mundial y en forma gravísima; si se ha de competir con productos con origen en países donde la corrupción sea mucho menor, es muy probable que los efectos de la corrupción local, medidos en la práctica como sobreprecios o sobretasas a las actividades de producción y comercialización, hagan que los productos nacionales sean menos competitivos por esos mayores costos que podrían no existir. Esto se traduce naturalmente en menos ventas, y por ese mismo conducto, menores posibilidades de desarrollo y de prosperidad para todo el país. La corrupción es una espiral perversa que le sirve demasiado a pocos, y muy poco a la mayoría.

Aunque el caso Venezolano es diferente al nuestro, básicamente por las condiciones de riqueza petrolera enclavada en su historia, la posición relativamente mejor no es ni mucho menos para sentirse despreocupados. La sensación generalizada es que la corrupción es ahora más sentida que antes como lo muestra el resultado de la última encuesta Gallup en la cual se posiciona como la mayor preocupación, por encima incluso de la violencia, la pobreza y el empleo. Pero esto podría ser originado porque ahora hay más medios para conocer las verdades como lo sugieren los expertos internacionales, y el avance tecnológico permite conocer más casos o se conocen más rápido. Algo así, como lo que sucede con el conocimiento creciente sobre la violencia intrafamiliar, que deja el interrogante sobre si el aumento en los casos conocidos no es por un aumento real en los casos sino en el conocimiento de los mismos.

Pero recordando la historia relativamente reciente, y para hacer un paralelo con el artículo comentado, la corrupción en Colombia también es única, porque tiene sus propios elementos históricos únicos. En lo público por ejemplo, en los últimos gobiernos ha habido una generalización de noticias de hechos corruptos o probablemente corruptos, de los cuales sobresalen ya no como hechos aislados sino como situaciones generalizadas: el ascenso al poder y posteriormente la defensa del gobierno Samper para que no lo tumbara el congreso, la estrategia de uso de paramilitares en contra de las guerrillas, la modificación de la constitución a la medida de las aspiraciones de reelección permanente para Uribe, para nombrar algunas descollantes, que en todo caso debieron implicar negociaciones de poderes políticos y económicos de alto calado, que parecen haber dejado al país en un nivel de corrupción mucho mayor al que se percibía en los años anteriores. Los enormes escándalos posteriores así lo han registrado, y prácticamente no ha habido actividad pública que no haya sido objeto de al menos investigación, con ejemplos tristemente descollantes en la contratación nacional, en la justicia, y muy preocupantemente en la institución de las alcaldías municipales. Es como si todo empleado oficial hubiera tenido permiso para hacer lo propio, puesto que en las altas esferas estaba sucediendo en proporciones mayores.

Pero no se piense ingenuamente que esto solo es un problema del sector público. Primero hay que resaltar que la corrupción en lo público generalmente se hace con la participación de los privados; es tan generalizado que parece que todas las medidas contra la corrupción consignadas en la ley no han funcionado a juzgar por los casos sonados y por los permanentes comentarios que a diario se escuchan en todos los frentes públicos. Pero en el sector privado funciona exactamente igual, solo que en las proporciones en que puede suceder ya que habitualmente los negocios privados tienen una escala mucho menor que las entidades públicas y el sector es por mucho, más fragmentado. Luego las posibilidades de grandes escándalos son menores, pero también se dan (Interbolsa, por ejemplo). Pero si se pudiera hacer la lista de los casos privados, también serían de a miles como en lo público.

Los expertos tratan de explicar en sus tratados las causas de este comportamiento. La propensión natural (casi biológica) se descarta en general, y aún la tradición histórica en el contexto individual, debido a que es bien conocido que personas de una misma raza y lugar de nacimiento no tienen iguales comportamientos en su propio país que en otro donde se hayan establecido y donde las reglas sean diferentes. El ambiente social, la forma de las instituciones y las prácticas generalizadas parecen ser el determinante para que en unos países o ciudades sea mayor la corrupción que en otros; el tema es tan denso que es necesario tener un marco histórico como el que hacen Asemoglu y Robinson en su libro Por qué fracasan las naciones. En general se trata de los incentivos, como lo analizan Levitt y Dubner en su libro Freakonomics; se trata del balance entre los incentivos económicos, sociales y morales que constituyen el marco de decisión del individuo, lo cual tiene mucho sentido. Resumiendo lo que Klitgaard, experto en corrupción, expone en sus trabajos, es la concentración de poder en ausencia de control lo que hace que florezca la corrupción, que según él, no es otra cosa que el uso de un poder público para fines individuales en forma ilegal. En Colombia, por ejemplo, el sistema de contra pesos funcionó finalmente para que a pesar de la aprobación de la reelección por una vez, que fue violentada a la constitución, se impidiera que en un segundo intento se lograra su aprobación indefinida; en Venezuela, como se desprende del artículo, la concentración de todos los poderes, o incluso la no separación de los poderes, no conduce sino a la activación de la bomba de tiempo, porque la corrupción llevará a los individuos que ostentan el poder, a tales excesos que crearán las condiciones para una nueva, y tal vez real, revolución.

En el libro Ciudades corruptas, Klitgaard presenta casos de cómo ciudades como Hong Kong redujeron, varias décadas atrás, los problemas de corrupción generalizada. Incluso sus procedimientos son aplicables a empresas privadas. Se basaron en la prevención y la participación ciudadana más que en los métodos convencionales de atender el escándalo, destinando recursos adicionales para investigarlo por largo tiempo, tratando de resolverlo, pero que finalmente el interés decae en el tiempo y no se mantiene la acción en contra de la corrupción cuando el escándalo se diluye en la memoria. Exactamente lo que hacemos aquí, y es parte de esa aceptación tácita de que así es el régimen y que nadie lo puede cambiar. A lo que estamos asistiendo hoy en día no es a la tolerancia «natural» (¡es un absurdo!) a un flagelo que es muy difícil de erradicar del todo, sino a ver que la enfermedad ya va en endemia y amenaza con llevarnos a un Estado fallido, como se describe para el caso del informe sobre Venezuela.

Para un cambio significativo en el nivel de corrupción generalizada pública en que vivimos, se necesitan verdaderos adalides anti-corrupción en las posiciones de poder, que no pueden salir sino del escrutinio de la sociedad. Para ello es necesario que toda la población se interese en la política, pase de la pasividad o en el mejor de los casos de la crítica no bien argumentada y sin eco, a tomar parte activa, y use el voto para privilegiar a quienes representen un claro horizonte de transparencia en todas sus actividades públicas, y castigue a quienes ya han demostrado, una y otra vez, que no son transparentes. No obstante, dirigentes no corruptos podrían ser incapaces, pero el mismo escrutinio los iría filtrando con base en sus resultados frente a sus promesas. Así las cosas, poco a poco podríamos acelerar el motor del desarrollo, brindar nuevas oportunidades, mejorar la justicia, y crear condiciones de prosperidad para todos los nacionales, no solo por la liberación de inmensas sumas de dinero que se diluyen en el ejercicio de la corrupción (9 billones de pesos en 2011, 1.6% del PIB anual, estimados por la Procuraduría), sino por el efecto muy positivo de hacer las cosas bien desde el principio, guiadas por criterios de calidad y de lo que se debe hacer, y no amañadas y desfiguradas por efectos de la misma corrupción, cuyo objetivo claramente no es el bien para todos. Hay que resaltar que no es sólo el efecto directo de la corrupción, sino que siempre hay que arreglar lo que quedó mal hecho por contrataciones o acciones corruptas, y los pocos recursos disponibles hay que usarlos para arreglar lo que quedó mal y no en nuevas iniciativas, en una verdadera peor práctica que genera el no-desarrollo.

En las empresas, debe haber una franca lucha contra la corrupción en todos los niveles, empezando por los directivos. La no tolerancia contra la corrupción llevará a un notable estado de salud en torno a este flagelo, favoreciendo el crecimiento, mejor desarrollo y aumento de competitividad.

No hay duda, la corrupción sí es la causa raíz de todos nuestros males. Antes de hablar sobre cómo mejorar la competitividad, ¡hay que erradicar la corrupción!

 

Imagen tomada de elartedelaestrategia.blogspot.com

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